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En siete años rodó 20 películas y se convirtió en uno de los iconos del cine francés de los últimos años 60. Christian Dior la fichó como modelo, Truffaut la amó y su hermana, Catherine Deneuve, le guardó luto de silencio durante tres décadas. Murió a los 25 años en el interior de un coche en llamas

Antonio Lucas en Vidas de santos y en El Mundo

El destino (en el caso de que algo así exista o tenga sentido) había dispuesto para Françoise Dorléac una existencia de caramelo desde el momento en que una respetada pareja de actores, Maurice Dorléac y Renée Deneuve, salieron con ella en brazos del paritorio del Hospital General de París el 21 de marzo de 1942.

Todo en casa era lumbre de escenario. Felicidad compensada. Intensidad interpretativa. Cadencia de buen gusto y muestra de ese refinamiento francés que hace de sus cómicos una estela con pedigrí, como hijos de Moliére. La párvula Françoise aprendió a caminar descalza sobre una alfombra de textos de Racine, Corneille, Beaumarchais, Fénelon, Voltaire, Dumas o Jules Renard mientras sus padres se daban el pie de una escena a otra declamando en el salón.

La niña tenía ya el alma rozada por el teatro cuando a los 10 años interpretó su primer papel. Estaba situada de cara en el ánima de cañón que la lanzaría directamente al centro del oficio con una fuerza insólita para aquella señorita de esqueleto frágil, insegura, bella y portátil como un llavero, con rostro de pez abisal (quizá por la incógnita de unos ojos vivos y hondos). Antes de ingresar en el fervorín de la adolescencia se aupaba ya sobre un carácter inflamable que alcanzó el clímax a los 15 años, cuando sus hormonas entraron en erupción y Françoise se encampanó del lado opuesto a las convenciones de su notable familia de actores. Contraria a lo que en casa esperaban de ella, comenzó a desbarrar en el liceo hasta que logró el altísimo galardón de ser expulsada, que era algo así como la Legión de Honor para una muchacha con sed de vida propia.

A los pocos meses de recibir la invitación de abandonar las aulas por su indomable carácter, papá la matriculó en la escuela de arte dramático de Raymond Girard y poco después en el Conservatorio de Arte Dramático, donde estudió entre 1957 y 1961. La belleza se iba apoderando de ella a la vez que atraía los espermatozoides de esos alevines de actor que se miraban a lo lejos en los retratos de François Joseph Talma. Con la rebeldía como único dios verdadero, Françoise Dorléac fue espigando sostenida por unas caderas de mucho bamboleo. Tenía algo de milagro hembra que dejaba atrás a los chicos de su edad para buscar amparo en el cobijo de algún hombre mayor, que la acogía en esa otra biblia que son dos brazos abiertos.

En 1959 participa en la película ‘Les loups dans la bergerie’, de Hervé Bromberger, y el mundo comienza a ordenarse a su alrededor con ese desorden de las mujeres hermosas que tienen por segunda piel un fuego perpetuo. Uno de sus profesores, Manuel Rochel, detectó el caudal que traía aquella chica que comenzaba a ser libre con zancadas de pie fino y le ofreció el papel de Gigi, el principal en la pieza de Colette, que se estrenó en 1960 en el Teatro Antoine de París. Algo empezaba a tener sentido y Dorléac suena ya en los tugurios agrios de la noche como la revelación que empezaba a ser. Su misterio sofisticado hace nido a la vez en los salones de alta costura cuando Christian Dior la contrata de maniquí, cifrando en esa mocita de 19 años la nueva pasión colectiva por una mujer menuda que posaba de frente con la algarabía de quien sabe mirar al otro como si lo amara definitivamente.

La existencia de Françoise se acelera entonces irremediablemente. En dos años rueda tres películas más: ‘Todo el oro del mundo’, de René Clair; ‘El golpe de las puertas’, de Michel Fermaud; y ‘Arsenio Lupin contra Arsenio Lupin’, de Edouard Molinaro. Poseer una personalidad insumisa es una suerte que hay que merecer y Dorléac había nacido con ese don de ir por la vida en dirección contraria, atendiendo sólo a los ramalazos de su explosiva jurisdicción. Ya con lugar propio en una fabulosa generación de actrices francesas (Bernadette Laffont, Anna Karina, Anne Wiazemsky, Jane Birkin y Marie Laforet), Françoise se empeñó en empujar a su hermana pequeña, Catherine, para que participase de la fiesta. Catherine era 18 meses menor y había adoptado tímidamente el apellido de la madre para presentarse como actriz: Catherine Deneuve. De una belleza gélida, muy bien alineada con el espíritu de ese cine de intelectuales con jersey negro de cuello vuelto que se presentó bajo el lema de nouvelle vague. Deneuve no era ni tan trágica ni tan dada a la sístole de un corazón racial como el de Françoise, aunque funcionó como una segunda explosión de la misma familia.

Es en 1964 cuando Françoise da el mejor agudo de su iniciación. Philippe de Broca extrae de ella esencias tremendas en ‘El hombre río’ y a la vuelta del rodaje en Brasil aparece François Truffaut con una apuesta de mucho tonelaje: el papel de Nicole en ‘La piel suave’.

Quizá fue Truffaut el hombre que mejor entendió las aristas platerescas de Dorléac y sin duda fue Truffaut quien mejor la encuadró. Quien mejor la amó. Quien comprendió su complejidad y le enseñó a explorar hasta el fondo sus sentimientos más sutiles. Era 10 años mayor que ella y se convirtió en su faro de costa. Les unió la pasión por los libros y un mutuo deseo irrefrenable que convirtió su relación en una extraña obra de arte. Había en ella una constante oferta en la mirada cuando lo miraba. Era como si entre los dos se diera el vértigo constante de una inminente huida, esa excitación de las pasiones furtivas que empujan a dejarlo todo y recomenzar, como si el escapismo fuese la única razón posible del deseo. Un hombre más mayor, como Truffaut, sabía que era ella misma el precio a pagar por tanta excitación. Una mujer así tenía fuerza de sobra como para dar vida a todo lo que se acercara al recinto de su intimidad.

Después llegó Polanski y ‘Cul-de-sac’. Y más tarde Jacques Demy para juntar a las dos hermanas en ‘Las señoritas de Rochefort’. La dupla funcionó. Ambas derrochaban glamour: una (Françoise) con un sabroso punto de infierno, la otra (Catherine) con algo de enigma polar. Se estaban apropiando del alma de los jóvenes más insomnes de aquel París que comenzaba a ensayar soflamas para el aquelarre inminente de Mayo del 68. El ánimo suburbano de Dorléac era capaz de convertir cualquier día en un espectáculo sólo por verla caminar.

Era una mujer dispuesta para el triunfo al que el destino (en el caso de que algo así exista o tenga sentido) apuntó a la más alta de las derrotas. El 26 de junio de 1967, Françoise alquiló un coche en Niza para ir al aeropuerto y embarcar en un avión a París y de allí viajar a Londres, donde debía completar su trabajo en la película ‘Un cerebro de un billón de dólares’. A 10 kilómetros de su destino, el coche salió de la carretera y se incendió con ella dentro. Tenía 25 años.

Catherine Deneuve entró en la nube negra del luto por largo tiempo. Pasó 30 años sin referirse a su hermana, hasta que desanudó el daño junto al novelista Patrick Modiano en un libro de voluntad exorcista, ‘Se llamaba Françoise’. “Su cara, su pequeña nariz, sus pecas, su risa, su voz. Sobre todo su voz. Cuando la oigo aparece en mí inmediatamente. La voz de Françoise es como un perfume, es algo realmente muy tenaz, que cada vez reabre una herida que jamás se cerrará por completo”.

A Truffaut le dieron la noticia durante el rodaje de ‘La novia vestía de luto’, no muy lejos del lugar del accidente. Cuentan que el llanto del director sonó con un aullido. Y con la media estocada en el pecho escribió en 1968 un hermoso texto para ‘Cahiers du Cinemá’: Se llamaba Françoise…. Sabía que aquel cadáver humeante arrasaba con el único animal de una especie que sólo contaba con un ejemplar. Y eso no hay quien lo asuma. Más aún si fuiste tú el amante de algo tan excepcional.