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Pensaba que haber entrado en el maquis había sido bueno por muchos motivos, y malo por otros. Bueno, porque había tenido compañeros de verdad, porque había podido ser hombre por fin, porque había aprendido a leer. Malo, porque toda la historia de la revolución no había salido bien y porque cosas que aprendí me hacían daño al corazón. Ahora sabía todo aquello de la dignidad de la persona (…) me hacía imaginar cómo hubiera podido ser si mi madre no hubiera tenido vergüenza de mí y no me hubiera obligado a ser mujer. Si en vez de trabajar desde pequeño hubiera podido ir a la escuela: hubiera tenido una masía sólo de mi propiedad (…)

(…) para que se me pasara el disgusto cogía la manta y me salía al aire libre, hiciera frío o calor. Me tumbaba allí y miraba al cielo, como cuando era pequeño.  Me decía a mi mismo que aquello que para mi era fácil no todos lo habían tenido: poder dormir al raso, solo, más libre que un pájaro. El compañero Raúl me solía contar que en las ciudades como Barcelona los obreros trabajaban en fábricas, que son como almacenes muy grandes en los que  nunca entra el sol. Allí se pasan los hombres horas y horas encerrados.  Luego les toca vivir en pisos pequeños como cajas de cerillas que no tienen ni patio. Eso sí es una desgracia de verdad, eres como un preso en una cárcel y yo no lo hubiera soportado de ninguna manera. Hubiera querido morirme seguro. Mientras aquí, en el campo tienes todo para ti y nadie te lo quita, sólo hay que quedarse quieto, mirarlo y ya está.

Más información sobre el libro en el blog Interletraje. El blog de unas amigas que se recomiendan libros unas a otras.