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Este artículo apareció ayer en el diario Expansión, en la sección Emprendedores&Empleo y partiendo de un análisis sobre la película “La vida inesperada” (Jorge Torregrosa, 2014), hace un interesante análisis sobre la capacidad, o no, de tomar las riendas de la propia vida y de como decidiendo se transforman las cosas, la propia vida. Lo firma Montse Mateos y os dejo con el íntegro, enterito:

Personas procedentes de diferentes partes del mundo acuden a Nueva York en busca de una oportunidad, pero ignoran que sólo ellas pueden decidir su futuro.

Cuando una persona decide viajar a un país extranjero en busca de Eldorado, el periodo de adaptación pasa por varias fases que, a menudo, suponen el principio o el fin de una vida diferente. Al espíritu aventurero del inicio en el que todo sorprende y agrada por igual, le sucede una fase de rechazo en la que resulta inevitable comparar el futuro al que nos enfrentamos con lo que dejamos atrás. Luego se produce un ajuste que supone aceptar la realidad con mejor ánimo para, en último lugar, alcanzar la normalidad en un entorno que ya está bajo control. El guión de Elvira Lindo, que dirige Jorge Torregrosa en La vida inesperada, refleja este proceso en los avatares de dos primos. Juan –Javier Cámara– hace una década que llegó a Nueva York en busca de su particular sueño americano: ser actor. «Yo vine aquí por un sueño», le dice a su primo –Raúl Arévalo–. Éste pone el pie en Manhattan sin un objetivo aparente y se instala en el diminuto apartamento de Juan y en un escenario que podría cambiar su vida de forma definitiva.

La película muestra gente corriente que trata de encontrar su camino a la caza de un objetivo o dejándose llevar por lo que se le va presentando. Nueva York es sólo el telón de fondo: una ciudad como otras muchas en las que las personas de distinta procedencia buscan un futuro mejor. Juan continúa obcecado en ser actor, por eso sigue subiéndose cada día a las tablas de un teatro. Pero también sirve copas por la noche en un local y, durante el día imparte clases de cocina en una tienda de productos de delicatessen que regenta Claudio –Juan Villareal–. Este argentino salió de su país por otros motivos. Allí era librero: «Cambié El Quijote por el queso manchego y a Borges por el dulce de leche»… y reconoce más adelante que «ahora mi vida se reduce a ese pedazo de calle» en la que todos los días abre las puertas de su local. ¿Podría haber sido de otra manera?Quizá sí o quizá no. La clave de todas estas historias está en la toma de decisiones, algo que implica un cambio y que no todos estamos dispuestos a asumir de buen grado hasta que se presenta la oportunidad. «La vida a veces tiene giros inesperados y hay que estar atentos para aprovecharlos», asegura el argentino.


La inteligencia emocional y el cambio

Daniel Goleman explica en su libro Inteligencia emocional el funcionamiento de nuestra cabeza y cómo creamos vías a través de los caminos neuronales. A fuerza de repetir un comportamiento, se crea un sistema de conexiones neuronales que hace que realizar un acto sea algo muy sencillo y automatizado. Así actúa Juan, como un autónomata, atrapado en una rutina, mientras espera que su sueño se cumpla.

Víctor Küppers, doctor en Humanidades y socio de Küppers&Co, analiza en su libro Vivir la vida con sentido cuáles son las actitudes para vivir con pasión y entusiasmo, y poco tienen que ver con las del protagonista de La vida inesperada. Küppers asegura que «nos gusta la rutina, la inercia y lo que dominamos. No nos gusta el riesgo, evitamos lo que no dominanos, rechazamos lo que nos resulta complicado, pero para crecer hay que salir de la zona cómoda. Cuánto más tiempo pases en tu zona de incomodidad, más se expandirá tu área de seguridad». Y es precisamente esto lo que confirman todas y cada una de las historias de los protagonistas de esta película con un final inesperado. Si hay algo que también resulta común a estos personajes del mundo que coinciden en La Gran Manzana es que les gusta su trabajo, sea cual sea, porque tienen la esperanza de que es el único camino para subsistir en la ciudad de los rascacielos, mientras llega su oportunidad –el primo no entiende que Juan sea pluriempleado hasta que le explica que de alguna manera tiene que pagar los 2.000 dólares de alquiler–. Pero todo tiene un precio: «Si no te pagan por tu trabajo, al final la pasión desaparece», reflexiona el personaje que interpreta Javier Cámara.

Küppers afirma que «cuando uno quiere cambiar la mayor resistencia la encuentra al principio, el mayor esfuerzo hay que realizarlo al inicio del proceso de cambio, porque la zona cómoda tiene mucha fuerza de atracción». Uno de los protagonistas claudica: «Me surge la oportunidad de vivir otra vida y no me atrevo», dice con cierto pesar.

La toma de decisiones lleva implícito superar el miedo, algo que analiza José Manuel Chapado, socio director de Isavia y autor de Vértigo. Asegura que convivir con el vértigo sale más caro que enfrentarse a él y superarlo: «La gente que se niega a correr riesgos vive con una sensación de vértigo insuperable mucho más dolorosa que la que experimentaría si afrontara su temor. El problema en que esto último… ¡no lo saben!». Esta película confirma que saberlo es sólo el primer paso para disfrutar de una vida inesperada.