Aunque no goza buena fama, el miedo tiene un papel en el guión. No sólo en el propio, también en el evolutivo. El problema es, en todo caso, cuando el miedo es inducido, exagerado, inoperante o innecesario.  Echo de menos esa matización en conversaciones y en textos de supuesta ayuda: “eso es miedo”, se despacha en algunos enunciados, como si ahí quedara la cosa, dejando al interlocutor, posiblemente incapaz de despachar así la cosa. El miedo es un mecanismo ancestral que contiene un mensaje en todos y cada uno de los momentos en que lo sentimos. El miedo nos dice: “Ahí hay un peligro”. Y, no siempre son mensajes vacíos, hay muchos miedos inoperantes, cierto, pero si lo fueran todos … la humanidad no habría sobrevivido. Interesa mirarlo claro, y evaluar después que riesgo corremos ante aquello que nos produce MIEDO. Si es real, si es matizable, si es solventable o si le daremos las gracias y: cambiaremos de camino. Muchas veces, lo desvaneceremos con una breve pero atenta observación, y otras, nos hará matizar, porque ES ÚTIL.

El mensaje de vencer los miedos sin matices no es un camino al éxito seguro en la mejora personal. Es temerario. Enfrentarlos sí lo es. Algunos miedos sí que valen.

La semana pasada leí en prensa un estudio sobre una curiosa enfermedad: la incapacidad de sentir miedo. Aquí lo dejo.

Vivir sin miedo: la enfermedad de Urbach-Wiethe

Diez personas en el mundo tienen un daño cerebral irreversible que les impide tener miedo a nada y les convierte en temerarios.

Jessica Chastain en ‘La noche más oscura’. | Archivo

ANA PÉREZ / QUO 2014-01-21

El doctor Justin Feinstein, neuropsicólogio del Instituto Tecnológico de California, en Pasadena, la ha puesto a prueba durante seis años. La ha sometido a maratones de pelis de esas que ponen los pelos de punta a cualquiera, como El proyecto de la bruja de Blair, Aracnofobia y El resplandor, y ni se ha inmutado.


También la llevó a una visita sorpresa a una tienda de mascotas exóticas, con serpiente pitón incluida, y su reacción fue tan inusual que los expertos tuvieron que intervenir cuando se acercó a acariciar a una tarántula como si fuera un gatito. Y por último, la llevó a una atracción en Kentucky de una casa encantada, que aseguran es “uno de los lugares más terroríficos de la Tierra” y nada, incluso se las arregló para asustar a uno de los actores cuando se acercó a ella. Pero ¿cuál es la razón de tanta valentía? Una dolencia llamada la enfermedad de Urbach-Wiethe.
S. M., como denomina Feinstein a esta mujer en sus publicaciones científicas, padece esta rara enfermedad, de la que se conocen menos de 300 casos en todo el mundo, cuya raíz es una mutación en el cromosoma 1 que afecta a una proteína del espacio extracelular que está en todos los órganos de nuestro cuerpo.
¿Las consecuencias? Quienes la padecen registran síntomas externos, como daños dermatológicos, mala cicatrización de las heridas, labios amarillentos y molestos abultamientos de la piel alrededor de los ojos y en las manos. Pero en el caso de S. M. y en el de otros 10 pacientes conocidos de esta enfermedad se registra un daño cerebral irreversible en la amígdala que, entre otras cosas, les impide tener miedo a nada y les convierte en temerarios. Hace tiempo que los expertos saben lo importante que es esta zona del cerebro en el procesamiento de las emociones, aunque aún no tienen demasiados datos sobre cómo funciona. De hecho, en este caso, el único sentimiento que se ve interrumpido es el miedo.
El resto de la paleta emocional de estas personas se mantiene intacta. Sin embargo, sí se han detectado comportamientos inusuales en otros temas regulados por la amígdala. Por ejemplo, cualquiera de nosotros reacciona cuando otra persona invade los límites de nuestro espacio personal. En pruebas realizadas a S. M., este límite se reduce a más de la mitad. Por último, esta mujer también tiene problemas para leer señales, precisamente de miedo, en las expresiones faciales de los demás.