Cuando Drew Barrimore dice que el mejor tratamiento de belleza es la felicidad, no está hablando de la ausencia de cánones. Porque ¿de qué belleza estamos hablando?. La publicidad, los medios de comunicación, el cine, la televisión y gran parte del arte nos indican que debes ser rubia y esbelta si vives en un lugar donde el gen moreno es el dominante y deberás ser morena y con curvas en otros lugares. Parece un juego, si no fuera por lo cruel del burro siguiendo la zanahoria que nunca alcanzará, siempre mantenida en esa distancia imposible. 

Sin embargo, la imagen aparentemente perfecta no es la más bella en la realidad. Entre los clones que producen algunas revistas de moda y el star system, de vez en cuando, observamos alguna belleza por derecho propio entre varias bellezas robadas. Drew Barrymore, sin ser precisamente una chica fea, se cuela desde hace años entre los rostros resplandecientes y las listas de mujeres más bellas. ¿Por qué? obviamente posee un determinado carácter y una serie de encantos que bien trasmitidos, suplen el resto.

La belleza es relativa. La belleza física perfecta, en si, no enamora. No se puede estar siempre en consonancia con el canon establecido y responder a cada una de las exigencias que se le ocurren al mercado. Obsesionarse con entrar en esa talla no real y sí psicológica que marcan año a año, apretando cada vez más un determinado cinturón, nos va a esconder más que mostrar. Uniformar es ocultar. Drew Barrymore ha sabido hacer del supuesto defecto de ser más simpática que guapa una virtud, ¿o es al revés?.