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17 días, una maleta base y muchas maletas de días de escapada dentro de la gran escapada, la gran evasión. Lo que debería ser un post sobre viajes con recomendaciones, rutas, usos del tiempo y dónde comer, dormir, beber y donde entrar sin gritar va a tener que esperar. Hay lugares y rutas que impresionan por su naturaleza, por la superación de impresiones que supone dar allí un paso tras otro. Por los paisajes, los sonidos, los sabores y los tesoros encontrados: ¡Viva el Perú! ¿Cuántas cosas de nosotros mismo podemos encontrar en un mundo ajeno? Muchas. 
 
¿Y cuantas podemos abandonar en esos lugares? Todavía más. Nos vamos con una maleta grande y volvemos con lo básico. He dejado a un músico, unos hábitos que parecían saludables, dos chapas y unas cuantas capas de piel en esas piedras, todo biodegradable, a devolver a su propietario o a estancias de encontrar otros dueños. Vacié tanto esa maleta que cuando regresé no recordaba ni mis claves más usadas, comunes. Apenas escuchaba todavía el caer de alguna idea, recuerdo, u objeto que habitaba en mi mente sin estante. Como en otras ocasiones, a la vuelta sé en que quiero gastar mi tiempo y en que no, o quizás no, no es tan importante saber lo que uno quiere, sí lo que a uno le sobra. Y como en aquellas otras ocasiones, de nuevo tenía tantas ganas de permanecer en aquel lugar ., de seguir de ruta permanente, como de regresar. Regresar para pocas cosas. Sencillas. Eso es bueno. No hay ni deshechos. No hay silencio, aunque hubo muchos ruidos, y muchos discos. Ruidos urbanos en ciudades que yacen aparentemente inertes. Discos internos que los guionistas tuvieron la gentileza de hacer sonar en los bares, de vez en cuando.  No hay equilibrio, pero hay prudencia y serenidad. La misma confianza ciega que te permite atravesar caminos que no ves, pero que sí tocas, escuchas, hueles.