Quien más, quien menos ha visto la película “Los Santos Inocentes” (Mario Camus, 1984),  y supongo que si digo que la recordaba a trozos quedaré muy mal, pero bueno, así era. Aproveché la visita de un amigo francés con quien acostumbramos a intercambiar este tipo de información más descriptiva, demasiado humana, que huye del tópico y que nadie nos cuenta en los viajes a nuestros países. Sí, la resaca del domingo fue toda para Alfredo Landa, y para Paco Rabal, y para esa Extremadura que conocieron mis abuelos y que en sus relatos siempre y todavía hoy me sabe a tierra, en el sentido más marrón y nada espiritual de la palabra, a no ser que sepas reconocer la vida que sí encierra ese matiz. 

Aplaudía en el sofá -sí, estaba viva -mientras mi amigo miraba el televisor en el que ya no encaja el formato de la película. Colgaban al señorito, sí y yo aplaudía mientras oía. “Pero…que fuerte” y internamente pensaba que esta vez, quizás me había pasado con la píldora cultural. Hoy alguien me contaba que Juan Diego había contado alguna vez como sintió cierto estupor cuando en su momento, en los cines aplaudían en esa escena, con él delante. También hoy recibía mensajes con fotos de sushi y comentarios referentes a que en ciertos medios alternativos online hablaban “de Landa” y celebraba entender algo. 

Cada uno hace sus despedidas particulares y la mía pasaba por ver Los Santos Inocentes, y estremecerme con Paco Rabal y su genial papel de locura, con la inmejorable caracterización de Alfredo Landa, ese español medio. Con una Extremadura que es de tierra y es de agua, y cuya historia no por menos destacada folkloricamente hablando, tiene menos carácter.