Dudar sin morir en el intento

Por Belisa Bartra y Laura Abella


Venezuela

Es muy grave que la herramienta por excelencia —léase periodismo— para informarse de lo que pasa en el mundo esté tan parcializada, que sea realmente difícil entender cualquier proceso o evento que ocurra en algún punto alejado del entorno habitual de cualquier habitante del planeta.
¿En qué piensa un periodista cuando reseña una noticia? ¿Entiende que sus lectores, ávidos de entendimiento y de claridad, asumirán (por suerte no todos) que este ha contrastado su noticia? Yo creo que no sólo lo entiende sino que, lamentablemente, en la mayoría de los casos, lo utiliza. Los medios de comunicación, en su mayoría, tienen, cada uno, su postura ante un hecho concreto y tiñen la información de manera que sea imposible reconocer otro color más que el que interesa a estos que se vea.
Información y opinión parecen haberse fusionado en “comunicación”, mientras que antes se mostraba un sólo hecho acompañado con opiniones diversas, ahora los hechos parecen distintos en cada medio, como si se hablara de realidades distintas.
En Venezuela, por ejemplo, el tinte habitual de las noticias depende del bando en el que se encuentre quien reseña. ¿Cómo entender un proceso tan complejo, leyendo una noticia, sin tomar en cuenta la postura, oficialista u opositora, de quien la genera? Después de las elecciones del 14 de abril, el caos parece haberse adueñado del país caribeño. Por un lado, Nicolás Maduro se asume ganador con un pequeñísimo margen (si lo comparamos con resultados electorales anteriores), pero ganador, al fin y al cabo. Por el otro, Henrique Capriles llama a la ciudadanía a levantarse y exigir un recuento de los votos, poniendo en duda la veracidad de todo el proceso. De la que es muy válido dudar, dicho sea de paso.
Es poco probable que haya existido un fraude electoral, puesto que de haberlo, el margen de ventaja anunciado seguramente habría sido bastante menos discreto. Eso sin contar que la Fundación Jimmy Carter ha avalado en repetidas ocasiones los procesos electorales venezolanos, de manera que Maduro no debería temer al recuento de votos que, según el CNE, lo declara ganador; y en cambio debería demostrar esa dignidad que dice tener. Quizá el voto en el extranjero marque la diferencia, quizá no. Lo que sí está claro es que si el pueblo exige recuento, así habría de ser.
Surgen preguntas en distintas direcciones: ¿por qué Capriles se lanza, a pocas horas de haber concluido el proceso electoral, a enardecer a las masas, a sabiendas de que ya están bastante encendidas y que, además, esto puede ser peligroso? ¿Por qué Maduro acelera su proclamación oficial como presidente? ¿Por qué hay cientos de testimonios de cajas con papeletas de votación quemadas, en la basura, desaparecidas? También me pregunto si alguien ha contrastado que sea real… ¿a nadie se le ha ocurrido que esto podría ser un montaje? ¿Y por qué el oficialismo se niega al recuento de votos? ¿Por qué hay tan poca gente que duda de ambos bandos? La mayoría de las personas asume que su opinión es una verdad absoluta, niega cualquier postura contraria a la suya.
Maduro no hace honor a su apellido: es un político inmaduro, con pocas tablas y poca vista, su relativo éxito se lo debe a la herencia del presidente Chávez, con quien dice mantener algún tipo de comunicación de ultratumba que le inspira. No estaría de más que cambiara al pajarito por un buen consultor en comunicación política.
Por su parte, Capriles parece haber perdido el contacto con la realidad de los ánimos del país que pretende presidir: para empezar es impropio de un presidenciable el comportamiento conspiranóico que detenta, en un juego político que luce bastante torpe, lo que va a conseguir es endiosar a su contrincante y llevarlo a los altares de la política.
Se diría que tanto Capriles como Maduro olvidan que el pueblo venezolano consiste en la unión de todos los venezolanos, no sólo de quienes les apoyan. A Capriles no se le debería olvidar que los “chavistas” son parte del pueblo a quien pretende servir. A Maduro no se le debería olvidar esto tampoco: los “escuálidos” son tan venezolanos como el resto. Los políticos son servidores, pero en el fondo no se asumen como tales.
Si la parte del pueblo que está en contra del oficialismo, exige un recuento de votos, ¿por qué negarlo? ¿para qué? ¿A Maduro se le olvida, acaso, que es el pueblo quien lo sienta en la silla presidencial? Lo mismo parece olvidar Capriles. Es curioso, opino, que a nadie se le ocurra pensar en que, sin importar en qué bando dicen estar, ambos políticos persiguen la silla presidencial, que se traduce en poder.
Yo creo que si se habla de derechos, cabe esperar que sean exigidos. Todos.
La polarización que vive Venezuela a día de hoy, pero desde hace ya bastante tiempo, ha creado una fractura en la sociedad que seguramente tardará bastante en sanar. La demonización de la izquierda, por parte de los opositores se hace tan absurda como la demonización de la derecha, por parte de los oficialistas. En Venezuela nada parece afín a la cordura en este momento. El diálogo, la empatía y la tolerancia lucen extranjeros. El fanatismo hace demasiado ruido.
Sin embargo, en algún momento hay que darle cabida a un proceso de conciliación. Las pasiones encendidas en torno a este tema matan cualquier atisbo de objetividad en las opiniones. Venezuela está fracturada, y la duda, que podría sanar esa herida, parece alejada de las masas convencidas todas de su verdad absoluta.