Intermedio

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez

no vieron enterrar a los muertos, 
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada, 
ni el corazón que tiembla arrinconado
como un caballito de mar.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez 

vieron la blanca pared donde orinaban las niñas, 
el hocico del toro, 
la seta venenosa 
y una luna incomprensible 
que iluminaba por los rincones los pedazos de limón seco
bajo el negro duro de las botellas.

Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,

en el seno traspasado de Santa Rosa dormida, 
en los tejados del amor, 
con gemidos y frescas manos, 
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.

Desván donde el polvo viejo congrega 
estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados 
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad. 
Allí mis pequeños ojos.

No preguntarme nada. 

He visto que las cosas cuando buscan su curso
encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente 
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

Nueva York, agosto 1929









Paisaje de la multitud que vomita
                                              Anochecer en Coney Island


La mujer gorda venía delante 
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados 
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido 
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios 
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora 
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vómito 
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra 
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores 
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía, 
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol 
y despide barcos increíbles 
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada 
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido 
entre la multitud que vomita, 
sin caballo efusivo que corte 
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante 
y la gente buscaba las farmacias 
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.

New York, 29 de diciembre de 1929



Federico García Lorca vivió en Nueva York entre 1929 y 1930. Oficialmente fue a aprender inglés, becado en la Universidad de Columbia, pero se supo que en realidad quería poner mar y tierra de por medio: por un desamor. No aprendió inglés, pero su paso por NY supuso un antes y un después. Poeta en Nueva York, publicado 4 años después de su muerte, es considerado por muchos su mejor libro. Su NY observado es el del Crack del 29 y la Gran Depresión y no deja bien parada -de una manera sublime- a una sociedad que observa decadente y a la que fusiona con sus propios sentimientos. NY es gris en su obra, no me atrevería a decir que deshumanizada, pero sí con un aire antinatural. Recomiendo la obra entera, como un viaje interior y exterior del autor y un retrato de un momento de la historia que fotografió en versos de una manera genial. No sólo contien una denuncia económica y de desigualdad, fue también testigo de la discriminación hacia los afroamericanos, que le recuerda directamente a la de los gitanos en España.


Hoy es el día de la poesía y he escogido a Lorca y a su Nueva York como muestra, porque me resulta curioso un autor con una experiencia vital llena de dolor, que nunca consiguió esquivar, y a la vez una personalidad tan luminosa, sensible, amigable y con un descaro genuino al escribir, que daña alguna sensibilidades. Es más fuerte que débil, aunque tan vivaz como infeliz y muy desorientado, perplejo, con un modo de ver y narrar que casi le convierte en el mejor.


Y vosotros ¿alguna predilección a destapar tal día como hoy?