Hace tiempo que no prestaba demasiada atención a Jodorowsky, pero hoy he visto este post en su blog Plano Creativo. Como resulta un tema más recurrente de lo que parece en el día a día de muchas personas he decidido copiarlo en el blog. 

Seguro que hay mil teorías ¿Cual es la vuestra?

Alejandro Jodorowsky: La primera cosa que hay que hacer es no entrar en esa vibración negativa y proyectarles un aura de amor.
No preocuparse de pedir que te quieran, preocuparse de aprender a querer al otro con sus defectos, mayores o menores. El primer paso que se da en el desarrollo de la conciencia es no preocuparte y no depender de lo bueno o lo malo que digan de ti. Y, segundo, ponerse en lugar del otro.
En el fondo no te odian a ti, es una proyección que colocan sobre ti de otra persona.
Puedes admirar en lugar de envidiar. La palabra envidia proviene del latín y quiere decir “yo veo”. La palabra admiración tambien viene del latín y significa “yo miro a”. Envidiar quiere decir “mirar mal”; admirar implica “mirar a”. Ambas tienen que ver con mirar; la diferencia es que la envidia tiene aparejado enojo y la admiración, motivación.
¿Cuál es la diferencia? Envidiar es decir “te miro para destruirte”; admirar, “te miro para aprender cómo lo has logrado”.
Del libro “Gente tóxica” de Bernardo Stamateas
“La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.”
Miguel De Unamuno
Un joven solía salir con sus amigos a pasear por el campo en bicicleta. Amaba la tierra fragante, el verde de las praderas, el esplendente color de las flores. Un día se dijo: “¡Mejoraré mi bicicleta para poder viajar por el mundo entero!” Trabajó sin descanso agregándole ruedas poderosas, mecanismos nuevos. Aumentó su ambición: “¡Será la mejor del mundo!” Le dio grandes motores, faros de kilométricos alcances, defensas puntiagudas. Lo que había sido una simple bicicleta era ahora un vehículo más grande que una casa. El joven, envejecido por el continuo esfuerzo, comenzó a cubrir su carruaje con placas de oro. “¡Estos adornos no son útiles, pero provocarán envidia!”
Una mañana de primavera llegaron sus amigos a buscarlo. “¡Ven a pasear por el campo! ¡Respiremos aire puro!” En la oscuridad de su taller, en medio de los gases de la gasolina, pegado al dorado monumento que había perdido la facultad de desplazarse, el anciano les respondió: “¡No puedo ir! ¡Tengo que cuidar mi valiosa bicicleta!” Llenó la casa de trampas, alarmas, cañones. Desde una ventana enrejada observó las alegres cabriolas de los ciclistas. Exclamó con odio: “¡Como no tienen nada, algún día van a tratar de robarme la bicicleta! ¡Será mejor que los destruya ahora mismo con mis cañones!”
Un cuento de Alejandro Jodorowsky leído en el festival de cine de Sitges