Confieso que vivir desde Madrid lo que está sucediendo en Catalunya a raíz de la Manifestación del 11 de Setembre de 2012, me produce sentimientos contradictorios y reflexiones que no encuentran su lugar, en conversaciones agarradas al tópico, que se ha sembrado y ha dado sus frutos en los últimos años. No hay respeto y no avanzamos. No suele haber pregunta previa de ¿y tú cómo lo ves?, casi todas las conversaciones al respecto se han iniciado con un “Vosotros los catalanes…” 

Confieso que me da un ataque de risilla por lo bajini y casi condescendiente, cuándo veo la estupefacción de muchos madrileños -entendidos como aquel que vive y trabaja en Madrid- ante la multitudinaria manifestación y los hechos que la están sucediendo. Ha existido un desconcierto, que ha durado unas dos semanas. Ahora las voces se van poniendo rígidas, sube el tono, han tardado en asimilar lo que están viendo. Y a mi me dan ganas de volver a Unamuno y su enfado con un país cateto, que igual no ha cambiado tanto.


No se puede seguir hablando de la “anomalía” del nacionalismo catalán, existe y no es un invento moderno, ni un virus que nos inculcan en primaria, ni un plan del mal premeditado. El nacionalismo catalán no es una novedad, tiene unas fuertes raíces históricas y es hasta carca, a mi parecer, cuándo deja de ser útil para el crecimiento de un territorio, cuándo no hay un plan y vemos algo no aprendido, a seguir consignas desde la desesperación, económica.


Ahora bien. No me creo a Artur Mas, ni a sus números, ni a sus intenciones. Nadie debiera rasgarse las vestiduras por el nacimiento de un nuevo estado, si este se reclama pacíficamente y es la opción de la mayoría.  El derecho a la autodeterminación es propio de sociedades libres, democráticas y avanzadas. Que CIU quiera eso, me parece poco creíble. ¿Por qué? Porque la independencia no es rentable. Y su discurso de que Europa va a aceptar a Cataluña por su cara bonita, inverosímil.


Si bien es cierto, que Cataluña aporta al Estado Español más dinero del que recibe, no es cierto que esté sufriendo un expolio. El principal cliente de la industria catalana es España, los beneficios de está relación van en la balanza totalmente a favor de Cataluña. CIU lo sabe, lo sabe mejor que nadie porque para algo es un partido liberal-conservador, el del empresariado catalán, de toda la vida. Está situación actual de exaltación patriótica, le reporta votos, y le reporta dinero. CIU peleará por el Pacto Fiscal – su deseo real, que colocaría a Cataluña al nivel de Navarra y País Vasco-; España dirá que no y CIU tensará la cuerda de la secesión. Catalunya conseguirá el Pacto Fiscal y Artur Mas figurará en los libros como el “heroi” al que España le negó la independencia, pero que consiguió un paso más hacia ella. Le aplaudirá un público al que su mismo gobierno ha ahogado a recortes y ha dejado carente de servicios básicos; pero que ha creído a pies juntillas, que la culpa era de España…

Si Cataluña consigue en la actualidad la independencia, me alegraré por su historia y su batalla ganada, pero no quisiera ver como se hunde económicamente por el ansia de poder de CIU.

Mi apuesta personal es la de un Estado Federal, dónde se acabe el Estado de las Autonomías desigual, y nos equiparemos al alza todos los miembros del proyecto. Un modelo alemán, suizo e incluso estadounidense, donde se comparten unas competencias básicas centralizadas, otras residen ya en Europa y los pueblos conviven federados. Cada uno en su casa y dios en la de todos, como suele decirse.