“No hay problema con la gente, la gente está dispuesta a trabajar 40 horas si les das la opción, y más”, más o menos nos movimos en las mismas variables toda la conversación, la enésima sobre la crisis económica en España. Seguimos dando vueltas en círculo. El problema no es las horas trabajadas, o sí, mientras se siga con el modelo de salarios por horas, y no por resultados. Mientras pensemos, que el trabajador que pasa más horas en la oficina es el que la saca adelante. No cambiamos el chip, España no piensa en términos de productividad, de calidad, de eficacia. 

“Competir en términos de mano de obra intensiva” es lo que se desprende de cada una de las palabras que salen de un político cuando le dan al botón de “hablar de economía”. Me aburre. Me decepciona tanta poca perspectiva y esperanza en uno mismo, en una sociedad entera. Y personalmente pienso, que además, nos coloca lejos de la mejora. Competimos, con perdón de la expresión, con países que no han requerido de una especial formación para producir, nos comportamos como si nuestro competidor fuera África o Ásia. Y en esa línea, sólo hay un par de variables: los salarios y las horas trabajadas. Curiosamente, los temas centrales de la reforma laboral, que nos deja en condiciones de competir con Marruecos.

Pensar en la organización del trabajo, en apoyar la investigación, que es el primer paso para la innovación, en la creatividad y la capacidad de ser pioneros en algo: ¿Dónde está todo eso?

Me nublan sus matemáticas.
Me dan miedo sus consecuencias y su escasez de miras.