Pensé, al inicio, que se iba a quedar en la imagen. La de una Elena Anaya enclaustrada, vista a pantalla enorme y frágil y un observador enfermizo. Pero no fue así.

Almodóvar se renueva y se mantiene fiel a su linea más pura. Y lo hace a la vez y el resultado es redondo. Antonio Banderas, de actuación forzada para mi hasta la fecha, se “relaja” y borda al psicopáta. Su actuación es genial y su expresión corporal observando en el diván parece no haberse conocido antes con otras encarnaciones suyas. Se ha crecido. Ha hecho un trabajo de agradecer. Elena Anaya parece de goma y muy creíble también. Me ha gustado, he sufrido y me he reido en medio del drama, como sucede con Almodóvar cuando estira de su surrealismo taaan real hasta el final.
No te la vayas a perder.