Me pregunto cuánta gente echará tanto de menos a Labordeta y que pensaría él de muchos, que entre ayer y hoy están hablando de la importancia de su figura. O más bien, cuántos de los políticos que hoy alaban su paso por el Congreso de los Diputados le evitaban o giraban discretamente la cara. Tenía la lengua fácil y una naturalidad y lógica en sus palabras que suele caer muy mal en esos lugares, donde a fuerza de hacer malabares dialécticos y poses grupales han olvidado lo que es una conversación sencilla, lógica y coherente, y que además, mira por dónde, ¡puede tener contenido!

Pensaba que se sentía terriblemente incómodo en aquel lugar. Se mantenía porque el Congreso de los Diputados es una casa del pueblo, de la que él pensaba hacer uso y participar democráticamente, por un compromiso político con la gente, encontrara lo que encontrara adentro y haciendo manifiesto su agotamiento en muchos momentos.

Labordeta era el listo de la clase, la fea de la fiesta, el cantante de conservatorio frente a las remesas oterianas de las productoras. Espero que no se fuese muy cansado y que, con el tiempo, parte de su trabajo quede como un ejemplo y no cómo una anécdota de “qué natural era este hombre” y “¡qué gracioso aquello que dijo!”  porque cómo su expresión indicaba, hablaba en serio y con cierto humor que quizás algunos de los que hoy se llenan de honorabilidad en su funeral en algún momento entiendan, y entonces, quizás, se mueran de vergüenza.