El extraño caso de la semana que empezó con un martes que se creía un lunes…. y cuya sombra ya arrastró al resto, cómo si el lunes necesitara vengar su no existencia. Me sentía ese lunes cómo el Antoine Douniel de Los 400 golpes, sin perder comba mientras el mundo parece algo más que un decorado exterior y deseando salir corriendo a la playa más próxima.


Volverla a ver el lunes que se creyó un domingo fue un acierto ya que la cuento entre una de mis películas favoritas, quizás la mas favorita. Motivo que me hizo arrastrar a Súper ratón por París a horas en que nos iban a cerrar todo lo visible porque quería ir a ver la tumba de Truffaut, más discreta que accesible y ante la que si yo fuera Melinda Gordon me esperaba el del cigarro para decirme “très gentile madmoiselle, mais… q’uen est si vous voyez mon autres films?” Y es que la cosa es grave, hace mucho tiempo que tengo en casa una colección Truffaut completa, con su cajita, sus carátulas, sus psinopsis … y siempre escojo la misma.
La semana ha pasado cómo siempre, robando tiempo al tiempo. Trabajando por cuenta propia y por cuenta ajena, presentando credenciales a la sacrosanta administración, cogiendo muchos pero muchos metros y aguantando paciente sus cada vez más habituales averías, durmiéndome mientras aún intentaba a las 00.00h explicar a quien no dormía porque estaba indignada -sentimiento que ha ido in crecendo- ante las acusaciones a Garzón, y durmiéndome en pleno discurso, llevándome periódicos de los hoteles, manteniendo algunas conversaciones fugazes, archivando algunos silencios, subiéndome en tacones que sólo pienso llevar en una ocasión, averiando usbs y aprendiendo por enésima vez a pensar en los detalles.

Cogeré el coche y buscaré una playa, y me desharé de nuevo de Doiniel, obviamente , sólo con un hasta luego.