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Raquel se acordaría siempre de aquel día, pero no por la milagro­sa transformación de su abuela, que parecía de repente una mujer muy joven, porque le brillaban los ojos, y los labios, ni por la forma en que su abuelo Ignacio miraba a su mujer, pozos salvajes, sombríos, también sus ojos salvo cuando la seguían como si estuviera a punto de enamorarse de ella, treinta y tres años después de que ella le enamorara por primera vez. Los dos se besaron en la boca durante mucho tiempo cuando terminaron de bailar en una plaza don­de otros españoles mucho más jóvenes y muy distintos, frutos amar­gos de la España de Franco, estudiantes y exiliados voluntarios de últi­ma hora mezclados con pseudoaventureros izquierdistas de buena familia y trabajadores a secas, habían improvisado una verbena con el acor­deón de un argentino que sabía tocar pasodobles. Eran españoles y bebían champán. Eran españoles y por eso baila­ban, y cantaban, y hacían ruido, e invitaban a beber, a bailar, a cantar, a cualquiera que se acercara a mirarlos, pero su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa, más trivial quizás que la que ilumina­ba las mejillas hundidas de quienes habían pagado un precio elevadí­simo por sonreír aquella noche, pero también más entera, más cercana a la felicidad auténtica. Los vieron por casualidad, cuando iban a recoger el coche para volver a casa, y se quedaron mirándoles por pura di­versión, sólo porque eran tan jóvenes y hablaban tan alto y se reían tan fuerte y hacían tanto ruido y estaban tan contentos.

—¿Sois españoles? —preguntó a la tía Olga el que se fijó en ellos, y Olga bebió de la botella antes de contestar.
—Sí.
—¿Emigrantes? —insistió, y Olga volvió a beber, negó con la cabeza, hizo una pausa para tomar aire y señaló al abuelo.
—Ese es mi padre —dijo—. Ignacio Fernández Muñoz, alias el Abo­gado, defensor de Madrid, capitán del Ejército Popular de la Repúbli­ca, combatiente antifascista en la segunda guerra mundial, condeco­rado dos veces por liberar Francia, rojo y español —y en su voz tembló una emoción, un orgullo que Raquel no pudo interpretar..
 
…Libros…
Hace meses que no hablo de ellos y eso que alguna parada de metro me ha pasado de largo inmersa en El corazón helado, de Almudena Grandes. Es de esos libros que lees, acabas y dices… bueno, pero es que podría seguir ¿Cuánto duelo – no se muere nadie, es una metáfora- me va a tocar ahora guardar? ¿No puedo seguir la pista a estos personajes un rato más …?, no tenía esa sensación desde el último capítulo de Six feet Under. Aunque sólo se parezcan en que tienes un montón de miembros de la misma familia en danza. Claro que, tenía todos los ingredientes: saga familiar, de hecho dos sagas, con sus rasgos y sus cosas y sus combinaciones de apellidos imposibles, una excelente excusa para pasearse por lo que ha sido la historia de Europa y de España, desde la II República, pasando por la II Guerra Mundial, el Exilio, el Franquismo, la familia, los valores, los amigos y la ideología y tantas cosas que pasaban bajo esos mantos de la historia, las heridas cicatrizadas y las que no se curan, la memoria histórica. Para mí, ha sido francamente una delicia de libro. Y una pluma ligera ( pese a sus más de 600 páginas). Es cierto que tiene un punto tendencioso, una única cosa y es que en cierta manera podría entenderse que sólo las personas más de izquierdas aman de verdad. Yo francamente, pienso que es presuponer demasiado. Aunque me ha gustado tanto y mis simpatías son tan obvias que… casi se lo puedo pasar por alto. ¿Alguien más lo ha leído? ¿soy yo la única que ha entendido ese punto así?
En fin. Más que recomendable. Tiene también una web estupenda: