Una, dos, tres…cuarenta ocasiones serian, si pudiera las que volvería a París. Una ciudad quizás demasiado imperiosa o colonial para quien un pequeño pueblo del mundo sería el mejor escondite del planeta. Esta ha sido mi cuarta visita a la ciudad, y por supuesto aún he dejado cosas por ver, como quien realiza una pequeña maldad, casi infantil … que le proporcione una buena excusa para la vuelta.

El otoño no estaba allí, tal y como yo deseaba encontrar. El frío no llega. Ni aquí, ni allí… (¿ande estará?); ¿será que he de ir por fin a uno de mis destinos soñados – Moscú- para encontrarlo? ¿Será más sencillo rendirme a Berlín para ello? Ese es el problema, es adictivo… viajar es adictivo. Y es como cuando era pequeña y ya habían venido los Reyes Magos y ya estaba haciendo la lista de qué iba a pedir al año siguiente, para gran desespero de sus majestades. Vuelvo y me deleito pensando cual será, no el próximo, los próximos destinos ¡! Pero no puede ser porque la crisis está aquí, y allí, como el calor, que no se van, como las cosas que nunca acabamos de solventar.

Adoro, la sensación de emprender el vuelo, real o figurado, incluso la sensación de la vuelta. Sí, sí, también la vuelta porque volvemos o dándole al replay de los buenos momentos -en ese momento huelen a pan recién horneado- o si ha ido mal, contentos de volver, de ahí mi visión idealizada de Tánger, pero ese, será otro post.

Eps! Sin olvidar los momentos musicales. ¿Llegó a Spain esto? … la ratona amiga empieza a cantar .Me persigue desde entonces. Chantez avec moi: Je m’apelle Jordy, je suis quatre, suis petit….