No tenía entonces la tierra más que un solo lenguaje y unas mismas palabras Pero sucedió que al desplazarse los pueblos hacia oriente hallaron una vega en tierra de Sennaar, donde hicieron asiento. Y se dijeron unos a otros: Venir, hagamos ladrillos y los cocieron con fuego. Después decidieron construir una ciudad, y en la ciudad, una torre cuya cima llegara hasta el cielo. – Con ella nos haremos famosos- se dijeron. Fabricaron ladrillos, y probaron a cocerlos al fuego. De esta manera consiguieron tener un material como las duras piedras. Y empezaron a edificar utilizando la brea como cemento. A medida que avanzaba la obra surgían planes distintos sobre el modo de hacerla, y eran frecuentes las discusiones entre los jefes y los obreros. Dios vio que era orgullo y vanidad lo que impulsaba a aquella gente a realizar tan gran construcción, y decidió humillarlos en su ridícula pretensión. Todos hablaban la misma lengua. Y Dios dijo: -Voy a confundir su lenguaje para que no se entiendan unos con otros. Y así sucedió. Todo era confusión, malos entendidos y desorganización. No encontraban la manera de ponerse de acuerdo. Decidieron dispersarse, dejando la torre sin acabar. Fue la torre de Babel, llamada así porque significa que en ella Dios mezcló las lenguas.

(Génesis 11)

De toda la catequesis recibida en la tierna infancia. El mito de la Torre de Babel fue una de las cosas que más me impactaba. No acababa de entender, porque Dios, que en ese momento me parecía tan majo, había causado semejante embrollo. “Es por la soberbia – me aclaró mi madre- querían llegar hasta el cielo y destronar a Dios”. Mi mente infantil, asimiló tal ofensa, y la alimenté, porque debió ser en esa misma época, en la que en una de esas pelis bíblicas de Semana Santa –supongo- salía la famosa torre. Y ahí que me amorré al televisor y cómo que les caía un rayo y les jorobaba el invento y descubrían in situ que no se entendían. Y el cuadro. Que yo pensaba que era de después del rayo. Al leer la leyenda base, cabo de experimentar lo que leí ayer en “El viaje a la felicidad” de Eduard Punset: ni trono a alcanzar, ni rayo del cielo, ni incendio, ni cuerno quemado- Reinventamos los recuerdos constantemente, y sobretodo los de la infancia. Creemos reales verdades cosas que ni siquiera vivimos de esa manera. Pero nosotros, ea, convencidos de que eso es así. Y debe ser que ni haya película con rayos, y me haya sacado de la manga que la torre la hicieron para llegar al asiento de Dios.
El eclepticismo del que está cargado Babel, siempre me ha encantado. Y durante muchos años, lo he utilizado de palabra comodín para el entorno en las múltiples libretas y notas (que no moleskines como los de Joao y Nico). Nunca me había dado cuenta, que en la postal que me trajo Amarielli– ¿por qué fuiste tu Amarelli ¿no? O de nuevo mi cerebro limitado ha inventado el recuerdo?-. no había rastro de ese quemado que yo he incorporado libremente. Que lio.

El día 29 estrenan Babel, nada Bíblica, pero sí con el mismo nombre y el mismo escenario ( Babilonia / Irak). Quería haber esperado a verla para hacer este post, pero no he podido resistirme. Curiosidad por ver como juegan con el término, el entorno y significado. A ver que me cuentan.

Y aprovecho para decir también , que bien, que sale Gael García …que nada tiene que envidiar ( más bien a la inversa) a la fría belleza de Brat Pitt.